viernes, 15 de mayo de 2026

LOS ABUELOS: UN AGENTE EDUCATIVO ESENCIAL

Cuando recuerdo mi infancia, de manera inevitable me acuerdo también de mis abuelos. He tenido la gran suerte de crecer con ellos, con los cuatro. Son innumerables las experiencias que he vivido con ellos y puedo afirmar con total certeza que yo no sería yo sin esas vivencias. Entre esas experiencias recuerdo pasar el día con ellos cuando me ponía enferma o cuando no tenía clase, comer en casa de mi abuela materna los domingos, jugar en el patio con mi abuelo paterno mientras nos reíamos de sus chistes sobre el chatarrero, pasear con mi abuela paterna y que me comprara pegatinas, hacer "cocinitas" con mi abuela materna, comerme el jamón serrano que mi abuelo materno me daba a escondidas en Navidad...

Es raro, porque hay muchos momentos de mi infancia que he borrado de mi memoria, pero recuerdo todo lo que he vivido con mis abuelos como si fuera ayer. Además, aunque ahora el tipo de ocio ha cambiado, mis abuelos siguen siendo una parte fundamental de mi vida. Ahora, comparto momentos con ellos tan importantes como esas noches de verano en las que comparto habitación con mi abuela materna porque nadie más quiere dormir con nosotras debido a lo ruidosas que somos. Cuando voy a visitar a mis abuelos paternos, mi abuelo se alegra de verme más de lo que nadie se ha alegrado jamás y mi abuela está encantada de pasar tiempo charlando conmigo. Mi abuelo materno me sigue haciendo reír como cuando era pequeña y me sigue mimando de la misma forma.


Te puedo enumerar una serie de valores, conocimientos e ideas que he aprendido de cada uno de mis abuelos, pero la verdad es que esa lista no reunirá ni una cuarta parte de todo lo que he aprendido de ellos. Sin embargo, lo voy a intentar.

Mi abuela paterna (Lola) me ha transmitido su amor por las letras y la enseñanza. Me ha enseñado lo importante que es leer y dar rienda suelta a tu curiosidad y creatividad. Me enseñó a hacer torrijas, a ser organizada y, como ella decía cuando eramos pequeñas, a no "hacer marranatos en la mesa" . Me enseñó, con su ejemplo, a mantener una conversación interesante, a elegir las batallas que realmente merece la pena luchar y a transmitir templanza. Me encanta hablar con ella de libros y que me cuente historias. Me ha enseñado lo importante que es la cultura y el saber, no como un paso para aprobar exámenes, ganar dinero o como una mera formación profesional, sino como herramientas para alcanzar una mayor humanización.



Mi abuelo paterno (Enrique) me ha enseñado el significado de las palabras disciplina, valentía, tranquilidad, bondad y positivismo. Estoy segura de que mi fuerza de voluntad es un resultado de su labor educativa. Además, me ha transmitido toda esta fuerza y coraje a través de la bondad y la tranquilidad. Mi abuelo Enrique tiene un corazón enorme y es el ejemplo de que para enseñar a los niños a ser responsables y a tener disciplina no hace falta hacerlo a gritos, sino que lo aprenden a través del juego, el ejemplo y la comprensión. Mi abuelo Enrique siempre jugaba con nosotras y es uno de mis principales modelos a seguir. Le admiro muchísimo. 



Mi abuela materna (Isa) me ha enseñado a ser buena, empática, generosa y a cuidar de los demás. Diariamente, intento aplicarme su forma de ver la vida. No siempre lo consigo porque mi carácter es más fuerte que el suyo, pero su filosofía de vida, caracterizada por dar sin esperar nada a cambio, me ha parecido tan valiosa que todos los días la intento llevar a la práctica. Una de las características que más me definen es mi empatía. Siempre pienso en cómo se están sintiendo el resto, presto atención a sus movimientos y trato de imaginarme que están pensando. Es uno de los motivos por los que he elegido esta carrera, porque quería ayudar y proteger a los niños, en especial a aquellos que más lo necesitan. Estoy orgullosa de poder decir que comparto este rasgo de mi personalidad con mi abuela Isa.

Mi abuelo materno (Manolo) me ha enseñado a reírme por cualquier tontería y la importancia de la familia. También me ha enseñado a tomarme las cosas en serio y a ser responsable, ya que cuando a mi abuelo el médico le hace una indicación o incluso cuando él mismo se propone algo lo ejecuta sin dudar ni flaquear. Por ejemplo, en las bodas de mis primos se ha propuesto no comprarse un traje nuevo y sigue su dieta a rajatabla. Los dos nos reímos cuando nos damos cuenta de los actos que hacemos igual, como comprobar siempre antes de cerrar el lavaplatos que las aspas giran, comernos la comida muy rápido y empezando siempre por lo que menos nos gusta, etc. Mi abuelo siempre está dispuesto a ayudar a aquellos que quiere cuando estos lo necesitan, sobre todo a mi abuela. Me ha enseñado la importancia de cuidar con pequeños actos simbólicos. 

Si tuviera que resumirlo en una sola frase, quizás demasiado simple afirmaría que mi racionalidad es el resultado de la labor educativa de mi abuela Lola, mi fortaleza es el resultado de la acción de mi abuelo Enrique, mi corazón es el resultado de la labor educativa de mi abuela Isa y mi sentido del humor es fruto de la acción de mi abuelo Manolo. Es decir, gran parte de mi identidad la he construido gracias a las experiencias y al ejemplo que me han proporcionado mis abuelos.

Según Martínez Martínez (2017) las transformaciones económicas y sociales del siglo XXI han otorgado a los abuelos un papel protagonista y activo en la educación de sus nietos. Son una pieza clave en la educación no formal a través de la transmisión de valores de humanización como la sabiduría, la empatía, el sentido del humor y la perseverancia. Es decir, este nuevo rol de los abuelos no se limita solo al cuidado físico o la custodia, sino que implica una participación directa en la formación de la identidad y el desarrollo integral de los nietos.

Es importante seguir una serie de pautas para que esta acción educativa sea efectiva. Seco Villar (2009) divide estas instrucciones en dos grandes ámbitos según el agente educativo al que se refieran. En primer lugar, en cuanto a los abuelos, deben evitar la tentación de hacer de padres; deben respetar y reforzar los criterios educativos de sus hijos; mimar, consentir y ser tolerantes pero sin excesos; proteger y cuidar a los niños; no descalificar o contradecir a los padres; transmitir vivencias y recuerdos; limar asperezas entre padres e hijos y mantener la relación con sus nietos sin importar las dificultades. En cuanto a los padres, deben enseñar a sus hijos a respetar y querer a sus abuelos; visitarles, ayudarles, cuidarles y demostrarles afecto; no deben sentir celos de la relación de sus hijos con sus abuelos; dejar que mimen y consientan a sus hijos; valorar y agradecer su tarea; no exigirles demasiado y conversar con ellos sobre reglas, funciones y límites. 

En definitiva, la acción de los abuelos es fundamental, ya que ayudan a los individuos a desarrollarse, humanizarse y construir su propio sistema de valores. Considero que la magia de este agente educativo es que ellos no pretenden alcanzar el gran efecto que consiguen. Es decir, el bienestar que causan nace del amor tan espontáneo que sienten hacia sus nietos. Sus actividades no persiguen un fin (a diferencia de otros agentes educativos) y eso es precisamente lo que les hace especiales. 

Referencias: 

Martínez Martínez, A. L. (2017). El rol de agentes educativos en los abuelos del siglo XXI: transmisión de valores y principales factores que influyen en el grado de relación mantenida con sus nietos. La Razón Histórica: Revista Hispanoamericana de Historia de las Ideas, (37), 44-76. portalinvestigacion.um.es/documentos/63c5f95d7f5a617e754decfe

Seco Villar, M. L. (2009). Los abuelos en la educación de los niños. Padres y Maestros / Journal of Parents and Teachers, (323), 8-11. https://revistas.comillas.edu/index.php/padresymaestros/article/view/1376





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